lunes, 30 de mayo de 2016

Me acostumbre a tus besos, a escuchar
tu risa, a que se me revolucione la vida
cuando te veo llegar, a lo que me haces
sentir ¡A tenerte acá!

Costumbre







Que no perdamos la costumbre de dar abrazos, de mirarnos a los ojos, de confiar en el otro. De dar una palabra de aliento, de disfrutar de las pequeñas cosas que la vida nos presenta, de decir gracias, por favor y porque no permiso. Que no perdamos la costumbre de cenar con nuestra familia de preguntar como esta, como fue tu dia, no perdamos la costumbre de que un simple abrazo le hagas un mimo al corazon a esa persona que tuvo un mal día. No perdamos la costumbre de escuchar nuestra cancion favorita, pero sobre todo NUNCA perdamos la costumbre de LEER, porque es lo mas hermoso que la vida nos puede presetar, nos transporta a otra realidad, nos vuela la cabeza.
Solo espero que cuano me caiga, cuanto todo se vaya a la mierda, cuando ya no tenga mas ganas de seguir, estes aca (conmigo) Veni, acostate en mi pecho, hablame de tus locuras de tus sueños, que mientras te escucho puedo llenarte de besos.
No sé cómo se habrá llamado, pero tenía cara de Raúl, así, con las cejas pobladas llenas de canas plateadas y los ojos oscuros, un poco opacos, como esos muebles tristes donde las abuelas esconden la vajilla.
Raúl subió al colectivo revolviéndose los bolsillos de la campera vieja. Cuando suspiró, los vidrios cerrados se llenaron de cal y lágrimas, pero nadie se dio cuenta. Sacó la tarjeta, pagó el pasaje y fue a sentarse frente a la nena.
Tampoco sé cómo se habrá llamado la nena, pero tenía cara de Lu, así, cortito, como las antenas de las hormigas que hacen fila en la plaza para llevarse las hojas que se tiran de las ramas cuando es mayo y los chicos salen de la escuela con la bufanda atada al cuello y la escarapela abrazada al guardapolvo.
Raúl se desplomó sobre el asiento y se puso la mochila rosa en las rodillas. Yo escuché como las herramientas oxidadas se empujaban ahí adentro. El cling del destornillador contra la cabeza del martillo y el clang de la llave inglesa golpeando el mango del buscapolo hicieron que Lu sacara los ojos del cuaderno gordo y los pusiera sobre el albañil y esa mochila ajada suya. El bolsillo del frente enmarcaba, como una ventanita con cierre, la imagen de la princesa que bailaba el vals con un príncipe, que no era azul, pero casi, porque esa tarde hacía mucho frío.
-¡Mirá, mamá!, exclamó Lu, con la impunidad de la infancia. ¡Tiene una mochila de nena!
Raúl bajó la vista y las pupilas se le llenaron de los corazones rojos y púrpuras que flotaban sobre la escena de lona. La mamá de Lu, que tenía cara de Mercedes, así, con rodete tirante y pañuelo de seda, le ordenó que hiciera silencio, que no fuera maleducada, que el señor se iba a enojar.
-¡Pero esta mochila no es de nena!, dijo Raúl, y en el colectivo todos hicimos silencio. Creo que hasta el motor dejó de rugir y el ripio bajo las ruedas ya no crujió tanto.- ¡Esta es una mochila de nene! ¡Mirá! ¿No ves que tiene un príncipe?
-¡Pero tiene corazones!, protestó Lu.
-Sí, porque el príncipe está enamorado, ¿no ves como la mira a la princesa?
-¡Pero es rosa!
-Sí, como la camiseta de Boca, explicó Raúl, con una paciencia que le costaba demasiado después de haberse pasado el lunes revocando las paredes de una casa que jamás sería suya.
-Bueno, entonces sí, dijo Lu, y volvió a mirar el cuaderno gordo.
Mercedes y Raúl cruzaron una mirada cómplice y se sonrieron. Yo también sonreí, pero ellos no me vieron. Sonreí consciente de la sabiduría de Raúl. Sonreí porque también hay príncipes rosa. Sonreí celebrando que aquella tarde Lu hubiese aprendido algo que nunca se escribe en ningún cuaderno gordo.

miércoles, 25 de mayo de 2016

"Nos quedamos en la playa, semidesnudos y con las piernas llenas de sal, hasta que el sol, todavía tibio, comenzó a hundirse en el horizonte sin nubes.
-Mirá qué lindo, le dije, señalando el momento exacto en que los rayos se acostaban sobre la espuma del mar, que ahora parecía pulpa de mango.
-Sacá una foto, me pidió.
Agarré el teléfono y lo levanté en dirección al paisaje. Antes de poder abrir la cámara, sentí el peso suave de la mano de Salvador obligándome a dejar el aparato. Me sacó los anteojos y me corrió el flequillo de los ojos, mientras señalaba la moneda de fuego.
-Sacá una foto, repitió."
Fernweh
Te veo brillar en espontaneo y se me parte en dos el cráneo. 

Vida

"Somos la escuela de la vida" me gusta esta vida y me gusta sentirme así, plena, completa y feliz. Disfruto de las pequeñas cosas, como tirarme en el pasto y que el sol de de completo en la cara, dormirme de a poquito después de tener una larga mañana. Le temo a las cosas aveces demasiadas simple de la vida, como vos seguramente. El futuro, la incertidumbre, no cumplir metas, la salud y por sobre todo la familia. Disfrutó de las dinámicas donde reflexionas hasta el llanto, donde recibimos abrazos y mimos al corazón. El verde mi color favorito y en la naturaleza siempre lo encuentro, y también te encuentro a vos dándome paz al corazón, sos mi guía. Disfrutar de la vida es un placer que pocos tienen. Despertate cada día con ganas de comerte al mundo, que él no te coma a vos.

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