miércoles, 30 de abril de 2014

No oigo nada y solo alcanzo a ver tus lágrimas

Jamás había visto llorar a alguien de aquella manera, en silencio, con una técnica que dejaba ver que había sido perfeccionada con la práctica. Daba la sensación de que se había parado el tiempo, de que estábamos bajo el agua. Nadie debería llorar en silencio. Nadie debería saber llorar en silencio. Las lágrimas salían de sus ojos lentamente, los quejidos morían en sus labios presionados con fuerza. Todo debía permanecer en silencio. Su silencio. Nadie debía romperlo. Nadíe debía oírla. Nadie. De lo contrario, todos acabarían llorando, en silencio. Y se hundirían. Más valía ella hundida que todos bajo tierra. Sí, más valía. Así que cogía aire y el proceso comenzaba de nuevo. Ojos bien abiertos, labios bien cerrados. Parecía sacada de otro mundo, parecía todo un sueño. Jamás habría pensado que pudiese existir una persona tan perdida en sí misma. 

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